top of page
Buscar

El vacío que grita en silencio 🗣️

  • Foto del escritor: Luis Alberto Martinez
    Luis Alberto Martinez
  • 26 ene
  • 3 Min. de lectura

Hay un vacío que no hace ruido, pero grita. Un tipo de soledad que no se cura rodeándote de gente. Un tipo de silencio que duele y que se instala como una sombra tibia en el pecho y no te suelta.


En las últimas semanas, he sentido ese vacío con más consciencia que nunca. No es nuevo, pero ahora lo reconozco. Antes solo lo evitaba, ahora lo veo de frente… y sí, me asusta. Me asusta mucho todavía. Es como una nostalgia sin nombre. Una tristeza que no llora, pero arde.


Está cuando abro los ojos por la mañana y me saluda sin decir nada. Me acompaña mientras me ducho, camino, manejo, trabajo… pero sobre todo aparece cuando no hay ruido, cuando no hay agenda, cuando no hay deberes que cumplir: las tardes libres, los sábados, los domingos. Esos momentos “libres” que deberían sentirse como descanso, a veces son mi infierno emocional. Los fines de semana se han vuelto espejos donde no quiero mirarme. Momentos que se sienten como un castigo, porque no hay nada que me salve de mí.



Entonces empiezo a correr. A buscar distractores como quien busca oxígeno en un cuarto cerrado. Deslizo el dedo por las redes sin saber qué estoy buscando exactamente. Cambio de aplicación como quien cambia de piel, con la esperanza de encontrar “eso” que ni siquiera sé nombrar. He descargado apps sabiendo que no me aportan nada. Las abro, las cierro, y termino con una sensación aún más hueca que antes. Busco rostros sin historia… Todo para intentar apagar un fuego interno que pareciera consumirme. Sé que ahí no está lo que busco, pero aun así vuelvo. Porque a veces lo único que quiero es no sentir.


Me he sorprendido a mí mismo haciendo cosas sin ningún beneficio solo por ansiedad, por aburrimiento, por tristeza. Por llenar el vacío que nada llena. Y aun así también me esfuerzo por cuidarme, por comer bien, por levantarme temprano todos los días e ir a mi clase de natación, como quien se aferra a un hilo delgado pero firme: la disciplina que me ha mantenido a flote cuando todo parece naufragar. Esa decisión diaria de hacer algo por mí, aunque no tenga ganas.


Y a pesar de todo, hay algo que ha cambiado... Ahora lo veo. Ahora lo nombro. Ahora soy consciente de que estoy huyendo, de que busco "algo" para no sentir. Ahora sé que la respuesta no está afuera. Y aunque eso no lo resuelve, al menos me hace testigo de mi propio proceso.


A veces, pienso en huir. De mí. De esta ciudad. De esta rutina. Pienso en mudarme, empezar de nuevo, reinventarme. Pero en el fondo sé que lo que duele no es el lugar: soy yo. Y donde yo vaya, me llevo.


Últimamente he estado más irritable. En casa no quiero hablar. No quiero fingir que estoy bien. Solo quiero silencio, pero del que no duele.


He encontrado un refugio: La escritura.


También ayuda platicar con un par de amigos que no me exigen estar bien todo el tiempo. Planear viajes que me arrancan un suspiro de ilusión. Sentarme por las tardes en alguna cafetería, con una bebida caliente, mirando la vida pasar... Ahí respiro. Ahí sobrevivo. Ahí, a veces, me reconcilio un poco conmigo. Ahí soy.


Hoy no tengo respuestas, pero tengo palabras y una conciencia nueva que me acompaña. No escribo porque ya lo haya superado. Sino porque quizá haya alguien más allá afuera sintiendo lo mismo. Porque a veces lo más sanador no es encontrar la respuesta, sino saber que no estamos solos haciendo la pregunta.


Quizá sentir sea, por ahora, la forma más valiente de seguir viviendo. Hay una esperanza tenue, frágil, pero viva, de que todo esto que estoy experimentando me está llevando —aunque no lo entienda aún— hacia una nueva versión de mí mismo.


Una más honesta. Una más despierta. Una más libre.



 
 
 

Comentarios


© 2025 por DE VIAJE AL INTERIOR. 

  • Facebook
  • Instagram
  • TikTok
bottom of page